El primer discípulo de León de
Fuego, el Maestro Alma, fundo una estirpe de guerreros conocida como
los Jivath. Nadie sabe porque eligió ese nombre para su logia
destinada a proteger el mundo, aun a pesar de la rabia de sus
integrantes, los cuales al igual que el león renunciaron a su
humanidad para obtener su don. Se dice que la rabia característica
de los Jivath viene del mismo Maestro Alma por una persona que le
rompió el corazón, pero solo en un recoveco de su memoria se
encuentran algunos fragmentos del origen de esa rabia que acompaña
al orgullo de los forzados guardianes de todas las personas que las
cuidan desde las sombras.
Lo cierto es que para pertenecer a
los Jivath cada miembro tuvo que morir su vida anterior por amor. A
continuación leerán la historia de caballo de metal, uno de los
caballos más jóvenes de esta orden:
La Princesa Maga tenía que viajar a
casarse con su primo, el príncipe del Gran Reino del Oeste,
acompañada por su guardia personal, especialmente por el soldado más
joven que en poco tiempo se convirtió en su confidente.
Lamentablemente la boda se frustro
por una traición de un viejo consejero de la familia del novio (como
no sucedió por primera ni sucederá por última vez en la historia).
Este antiguo aliado vendió conjuro un ejército de demonios
elementales y otro de piratas y asesinos con el que tomo el palacio
del gran reino del este. El joven confidente de la princesa advirtió
advirtió la situación antes de entrar en el palacio, pero no lo
suficiente como no haber sido perseguidos por el codicioso traidor.
La princesa agoto toda su energía intentando disuadir a sus enemigos
y salvar a su guardia. Su poder fue recordado como legendario y su
guardia como una legión heroica. Habían vencido a nueve décimas
partes del ejército de forajidos y demonios que pretendían
capturarlos, con ayuda de la naturaleza que protegía a la princesa
maga y el coraje de su guardia. Pero ahora solo quedaba el más
devoto de sus soldados contra una tropa de sicarios sin otra
convicción que la codicia.
- por favor déjame. No soporto la idea de que mueras por mí y nunca me voy a perdonar el no haber sido lo suficientemente fuerte para salvar a los demás. Ahora solo me importa salvarte a vos. Mi vida no vale tanto.
- ni pensarlo mi señora. Viví desde el primer respiro con el único propósito de protegerla. Mi destino es morir por usted y no tengo interés en cambiar eso.
Los sicarios estaban escuchando la
conversación mientras se acercaban a su objetivo.
- ¡Qué asco! – grito el que dirigía al grupo- no puedo creer lo patética que puede ser una persona que jura lealtad. Como si ella estuviera dispuesta a sacrificarse por él. Pobre idiota.
- Te lo explicaría, pero dudo que una bestia con tu diminuta mente lo entienda.
Esa frase enojo al capitán de los
sicarios que enseguida lanzo a todos sus seguidores sobre la princesa
y su guardián. Este pensó para sus adentros: “solo me queda algo
por hacer, aunque ese algo me cueste la vida”.
- ¡MESATSUKEEENNN!- grito mientras giraba sobre sí mismo extendiendo su espada, elevándose en el aire y elevando a sus contrincantes con los golpes de su espada. Cuando todos estuvieron a una altura que se suponía imposible, el guardián de la princesa cayó con un golpe vertical por cada uno de sus oponentes. Realizo la maniobra a tal velocidad que creo la ilusión de que todos los golpes verticales fueron simultáneos. Cuando acabó sus rivales habían sido diezmados y él no tenía energías para moverse. Se mantenía con una rodilla apoyada en el piso y apoyando el peso del resto del cuerpo en la espada que tenía clavada al mismo piso. No respiraba, jadeaba, con una leve sonrisa de plenitud en su cara. Sentía que había cumplido el propósito de su vida. – está a salvo mi señora, ya puedo irme de este mundo feliz.
- No digas estupideces- dijo ella mientras iba a abrazarlo con lágrimas en los ojos- no me va a alcanzar la eternidad para honrarte a vos y a tus compañeros. Ese hombre estaba equivocado: sí daría mi vida para retribuir tu sacrificio.
- El solo hecho de que usted permanezca con vida es motivo para que nos sintamos plenos con nuestro destino.
De la nada se
presentó frente a ellos el conspirador:
- Perdón que termine con su charla.
El valiente
soldado se irguió con dificultad para enfrentar al peligroso agresor
que hizo aparecer una lanza que arrojo y lo atravesó. Este cayó y
la princesa lo abrazo llorando, con una mezcla de tristeza y culpa
por el hecho de estar viva. El conspirador se acercó a ella, la
levanto sujetándola del cuello con una sola mano.
- Se supone que ibas a casarte conmigo en lugar de con ese principejo, pero este infeliz tenía que arruinar todo. Ahora te voy a matar pero antes vas agonizar siendo consciente de que murió por tu culpa, porque sé que no te quedan fuerzas para sanar sus heridas y que de todo el mundo, es la última persona que quisieras que muera.
Ella intento
zafarse de las manos de su agresor, hasta que quedo sin aire y casi
se desmaya viendo la sonrisa de quien la estaba matando. Pero justo
en ese instante, un movimiento como de relámpago corta el brazo que
la estaba ahorcando.
- ¿cómo pudiste pararte?- pregunto el conspirador lleno de pánico al ver al soldado que creía muerto.
- No me pienso morir sin estar seguro de que mi señora está a salvo.
Dicho esto, el
guardián le clava una estocada en el medio del pecho que lo mata.
Luego de realizar esta acción, el guardián cae, ella vuelve
abrazarlo, lo mira a los ojos llorando más que antes, más que de lo
va a poder llorar después. Se toman de las manos, se aferran, se
miran a los ojos sin hablar pero diciéndoselo todo y lo único que
importa. Él la suelta, deja de mirarla, ella lo apoya en el suelo y
no lo suelta, de hecho, pierde la noción del tiempo y se queda días
enteros abrazando al cuerpo, extrañando el alma. Cuando finalmente
decide irse, toma su espada, le jura dos cosas: una vivir plenamente
el resto de sus días para que su sacrificio no haya sido en vano; la
otra, volver como su espada para protegerlo durante todas sus vidas
posteriores, aún después de la misma eternidad.
Desde ese
entonces hasta su último día, ella no se casó, llevó consigo la
espada en la que grabo su nombre con la certeza de que él iba a
encontrarla vida tras vida. Todas sus noches miro al firmamento desde
su balcón y las estrellas le recordaban sus ojos; escucho el
murmullo del viento que le trajo su voz en una perpetua declaración,
con forma de poema, que nunca se enteraría que fue correspondida. Lo
más cercano que ella pudo hacer a contestar a su guardián fue
cumplir sus juramentos.
Desde ese
terrible episodio ella jamás se volvió a sentir sola, ni totalmente triste.
Vida tras vida, se acompañaron y pudieron ser los dos parte de un
mismo ser. Y aún hoy ella acompaña a su guardián, devenido en el
caballo de metal.