El Último corre desesperado por las ruinas de antiguas calles, salta entre los escombros de lo que alguna vez fueron edificios. Lleva consigo la última esperanza de la humanidad. Mientras se mueve mira al cielo. Está nublado, por llover, lo que le recuerda las historias de su abuelo: historias en las que la raza de los hombres creía haber reemplazado a Dios. Su abuelo le hablaba de una época de grandes celebraciones acerca del poderío del Hombre. Se creía haber eliminado las enfermedades, sometido a la naturaleza y se buscó eliminar la lluvia misma, por mera demostración de poder.
Su abuelo tuvo la desgracia de ver esa burbuja romperse. Todo ese poder conseguido mediante el conocimiento y toda la soberbia que hizo que se desperdicie no sirvió de nada cuando resurgieron los antiguos terrores que azotaron a su especie en su amanecer. Volvieron los hombres del mar. Antiguos monstruos que al principio de la Historia atacó a todas las civilizaciones del Mediterraneo; estando a punto de destruírlas, de repente, se esfumaron.
Pero su regreso fue despiadado. No dieron respiro, mataron y destruyeron cada entidad que se les puso en frente. Enmascarados, muy pocos vieron sus rostros, los pocos que pudieron tomar sus vidas. El Último es uno de esos pocos. Su heroíca estirpe se está agotando y es su misión revertir esa situación para proteger a lo poco queda de su raza. En su morral lleva una mazorca, un trozo de caña de azúcar y distintos granos para poder volver a producir alimento en el futuro. En su vaina se encuentra un arma legendaria : sus sables curvos chinos que a pesar de parecer 2 son una sola.
Pero ninguna desgracia es tan desgracia. Para sobrevivir los que aún quedan debieron hacerse fuertes. El Último corre 5 veces más rápido que el récord en la corrida de 100 metros, tiene el doble de fuerza que el hombre más fuerte registrado en los buenos tiempos, puede saltar más lejos que una gacela, su instinto decidió resurgir y su mente... su mente pudo sustituir toda la tecnología de la cuál la tragedia general lo privó.
Todo eso es lo que le hace falta para pelear. Él sabe que lo persiguen 5. Busca un terreno lo suficientemente regular, para no dar pasaos en falso, que sea abierto para que no puedan emboscarlo. Encuentra un baldío, se frena en seco, se pone en guerdia con sus espadas (llamadas los Colmillos de la Furia). Inmediatamente lo rodean, pero no es nada que no haya previsto. Lo observe debajo de su propia mácara, la que usa por creer que ningún enemigo debe ver la última expresión de su rostro.
Sus enemigos toman postura de combate. Soberbios. Se saben casi imposibles de matar (casi). El Último lo sabe: no hay invencibles. La fuerza que le permitió sobrevivir hasta ahora radica en ser super hombre, de poder llevar sus promesas hasta el final, de haber igualado la voluntad divina.
La tensión hace que el aire se sienta pesado. La mente se vacía de pensamiento, los músculos se tensan y los sentidos se agudizan. Decide romper el clímax. Ataca al que tiene enfrente antes de darle tiempo para pensar. La única forma de matar a un hombre del mar es cortando los puntos de cruce de los nadis (canales donde corre la energía espiritual por el cuerpo), varios de un solo golpe o en una sucesión de golpes muy rápidas. Si no se cortan suficientes, el engendro va a empezar a regenerarse. 5 golpes antes de que el primer engendro pueda moverse. Déspues de que su enemigo se hace polvo se adelanta 2 metros y gira rápido bloqueando un golpe de lanza y un espadazo. Un tercero ataca con su hacha. Mientras lo esquiva lo atraviesa y mueve su sable dentro de él. Atraviesa la nube temporal de polvo antes de que se disipe, intenta golpear al cuarto. Esta vez no acierta al primer golpe así que lanza una sucesión, gira agachandosé y barriendólo. Salta encima suyo, lo estoca con un sable y se incorpora; corre hacia adelante. Los engendros que quedan lo siguen. Cuando uno de ellos se adelanta mucho al otro y se le acerca lo suficiente, salta girando con una patada que le da en la cabeza, durante su breve contusión lo decapita. Queda uno solo, que intenta huir. El Último no se complica, lanza sus sables y lo atraviesa.
Luego de recoger su arma mira al cielo. La humanidad ya pasó y creyó poder eliminar la lluvia que ahora moja sus ruinas. Piensa en la ironía un segundo y sigue adelante.
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